Sobre François Gillet

(The English translation is posted at the end)

Francois Gillet es francés de nacimiento (1949), aunque ha estudiado Arte en Bournemouth y vivido y trabajado en Suecia mucho tiempo.

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La primera vez que tuve conocimiento de su trabajo fue a través del nº 1 de la revista Zoom española. Allí se hablaba y mostraban fotos de uno de sus libros de 1981, era el primero de ellos y se titulaba “El álbum de Francois Gillet”; las fotos estaban disparadas en placa de 20×25 y presentaban una calidad extraordinaria que me embrujó desde la primera visión. En aquel tiempo resultaba muy difícil poder acceder a más imágenes que las publicadas en medios especializados, y me resultó imposible conseguir incluso uno de aquellos libros que se agotaron rápidamente y que, al menos que yo sepa, no se re-editaron.

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Pero quisieron las circunstancias que pocos años más tarde coincidiéramos dando unas conferencias en Palma de Mallorca, invitados por un conocido laboratorio, donde también nos acompañaba Ed White. El encuentro fue realmente interesante, pudimos ver muchos nuevos trabajos de Francois -alguno de ellos hoy traídos a la memoria con este artículo-, tuvimos la oportunidad de hablar entre bastidores tras algún almuerzo y hacer fotos de las nubes con una linterna a altas horas de la noche con Ed White a quien he perdido la pista, pero de quien recuerdo sus extraordinarias fotos para una marca de tabaco ya entonces trabajadas digitalmente. Estoy hablando de 1985 poco más o menos.

Entre otras cosas recuerdo que Francois estaba a punto de cambiar todas sus ópticas 20×25 de Schneider por las de otra marca (Nikon creo), para ganar un diafragma más cerrado en toda la gama. Trabajaba iluminando con un Cumulite de Broncolor y pequeños reflectores metálicos que le proporcionaban el ambiente tan irrepetible de todo su trabajo. Todo su entorno era tan artesano que lo más fuera de lugar parecía la cámara de placas, una Sinar P2 y la iluminación. Si la cámara fuera de madera y la iluminación con velas todo parecería estar en su sitio.

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Vivía entonces en Malmö, en el sur de Suecia, en medio de un lago que se helaba en invierno y obligaba a usar barco en verano para acceder a su casa. Cuando le hice ver la dificultad para que los clientes llegasen hasta allí, me hizo comprender que el que llegaba era porque realmente quería su trabajo y no hubo más discusión.

Entre las nuevas cosas que nos mostró había imágenes sorprendentemente cubistas, pintadas sobre la misma realidad a capturar, bodegones inexplicables, pequeños escenarios teatrales tan exquisitos que sólo se comprenden si se ven. Y un ojo para el perfume de Paloma Picasso que me dejó sentado. Lo tengo dedicado a buen recaudo.

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\r\nFrancois era de la zona de Calvados, lo que aún hoy tiene sin resolver la cuestión de donde se hace el mejor brandi de manzana, si en Asturias, mi tierra, o en la suya. Incluso hace unos tres años que en un nuevo contacto la cosa seguía levantando ampollas. Andaba entonces Francois por Marruecos, creo recordar, haciendo fotografías de paredes rocosas en una zona cuyo nombre no recuerdo, pero quiso la casualidad que entonces también yo estuviera por los países del este enfrentándome a paredes buscando… lo mismo que él: figuras y rostros para mi realidad simultánea; si bien el tratamiento era completamente diferente. De aquella última conversación saqué una dirección en internet en la que pude acceder a algunas de sus nuevas imágenes, tan impresionantes como las primeras que recuerdo. Aquí se puede ver algo de su obra: http://www.artipolis.com/francoisgillet/\r\n\r\ny en su web: francoisgillet.com\r\n

Y mencionaré un corto video sin desperdicio que he visto en You tube:

\r\nhttps://www.youtube.com/watch?v=UkumqJKT15U&feature=player_detailpage\r\n

Para quien no conozca su obra, poder admirar su trabajo es una puerta abierta a emociones altamente estimulantes. Su obra es un regalo inestimable.

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Estas imágenes están sacadas de su web.

English translation

Francois Gillet was born in France in 1949 but he studied art in Bournemouth and has lived and worked for a long time in Sweden.

The first time I heard about his work was through the first edition of the Spanish magazine “Zoom”. Here they spoke about and printed photos from one of his books from 1981, this was one of his first works and was named “The album of Francois Gillet”; the photographs were shot on 20×25 slates and were of an extraordinary quality that bewitched me from the first sight. In those times it was very difficult to get hold of more images other than those published in specialized publications and it was nearly impossible for me to purchase one of his books which sold out almost immediately and, as far as I know, were not re-edited.

Due to circumstances, a few years later we would coincide during some conferences in Palma de Mallorca, invited by a famous laboratory, where we were also accompanied by Ed White. The Meeting was really interesting; we got to see many new pieces from the Francois collection, some of these brought back to the memory in this publication. We got the opportunity to speak privately after some lunch breaks and to take photos of clouds with a flashlight late at night with Ed White whom I have now lost trace but who I remember well thanks to some extraordinary photos taken for a brand of tobacco which were even then worked digitally. I’m speaking about 1985 more or less.

Among other things, I remember how Francois was about to change all his Schneider lenses 20×25 to another brand (Nikon, I think), all this to gain an extra closed diaphragm in the whole range. He worked with Broncolor Cumulite lighting and small metallic reflectors which gave him that ambience so unique to his collection. His whole environment was so old-fashioned that the most unusual object was actually his mechanical camera, a Sinar P2 and the lighting. If the camera was made of wood and all lighted by candles, everything would look in its place.

He then lived in Malmö, in the south of Sweden, in the middle of a lake that froze over in winter and had to use a boat in summer to reach his house. When I made him see the difficulty that his clients had to reach him, he made me understand that, who got to him, got there because they were really interested in his work and that’s where our discussion ended.

Among the new work he showed us, there were surprisingly some cubist images, painted upon same reality to be captured, unexplainable taverns, small theatre scenes so exquisite that you can only understand them if you see them. And an eye for the perfume of Paloma Picasso which left me seated. I have it dedicated and kept safely.

Francois was from the Calvados area, which to this day he still does not know where the best apple brandy is made, either in Asturias, my homeland, or in his. Even three years ago, the same thing kept lifting blisters. Francois was at that time in Morocco, as I remember, taking photos of rocky walls in an area whose name I can’t remember, but a fate has it, I was to in the eastern countries at that time, up against walls looking for…..the same as him: figures and faces for my simultaneous reality; of course, the treatment was completely different. From that last conversation, I retrieved an internet address where I could access some of his new images, just as impressive as the first that I can recall. Here you can see some of his work: http://www.artipolis.com/francoisgillet/

And his website: francoisgillet.com

And I will mention a short video which I have seen on Youtube:

For those who don’t know his work, they can admire his collection on an open day with highly stimulating emotions. His work is a priceless gift. To avoid doubt, I warn you that it is not Photoshop. Everything was made on the original scene with the exact model or object. A collection that needs time, knowledge, patience and good taste, very good taste.

These images are taken from his web.

Sobre Carlos Rodríguez

El pasado 25 de Septiembre de 2015 tuve el placer de comisariar una exposición de Carlos Rodríguez, fotógrafo gallego nacido en Arbo y residente en Vigo, inaugurada en el Museo Estatal Ruso de Arte, Historia y Etnografía en la ciudad de Chelyabinsk, capital del óblast del mismo nombre en los Urales del sur. La exposición se presentó como plato fuerte del Photofest internacional que se celebra en esa ciudad rusa y acaba de descolgarse hace unos días.

Su trabajo tuvo una acogida espectacular, de la que dan fe algunas de las imágenes que acompañan al artículo, entre las que incluyo unas pocas obras de las más de cuarenta expuestas en formatos cercanos al metro de ancho y hasta metro y medio. El texto incluido pertenece a la presentación del catálogo.

01IMG_5914IMG_5915IMG_5916Algunas de las imágenes expuestas pertenecientes a sus trabajos en Mexico D.F. y Madrid.

_DSC3262 a_DSC9953 aDSC_1239 aDSC_6518 aCon el Director del Museo, Sr Vladimir Bogdanovskyi y el Sr, Roberto Rivas, Comisario de exposiciones del Hermitage, Pushkin y otros museos rusos, ante la fachada del museo y en el interior del mismo.

img_4929img_4048Imágenes del interior de la sala.

122233333Texto de la presentación del catálogo.

“SILENCE AND CONCLUSIONS”

Cuando en septiembre de 2014, mientras preparaba el convenio de intercambio cultural entre la región rusa de Chelyabinsk y la provincia española de Castellón, el museo de Chelyabinsk me planteó proponer un fotógrafo español al Photofest internacional del año 2015, tuve muy pocas dudas o, más exactamente, ninguna.

Ocurre muy frecuentemente que desde fuera nos remarquen los valores que ignoramos dentro de nuestra propia patria, algo que ocurre en todas y cada una de las comunidades. En muchas ocasiones ese toque de atención hace que un valor desconocido para el público en general se convierta de la noche a la mañana en alguien respetado y admirado. Éste es uno de esos casos privilegiados en que una obra de un autor vivo, con una calidad y dimensiones descomunales ha salido del anonimato para bien de todos.

Haré un poco de historia.

Conocí a Carlos Rodríguez allá por 1983 en una visita que me hizo por su interés en mi obra. Supe entonces que trabajaba para revistas del motor, pero no fue hasta unas cuantas visitas después entre las que pasaron varios años que, una noche tras una cena, abrió una carpeta que escondía lejos de mis ojos y me puso encima de la mesa unas fotografías de paisajes tan delicadas como espectaculares y con una aproximación a la tierra tan particular que me quedé sin palabras. En sucesivos encuentros pude ver como su colección crecía e incluso en varias ocasiones fuimos juntos en busca del momento perdido. Recuerdo cómo en la cascada de Vieiros, una mañana gris, fría y lluviosa, de invierno, decidí no disparar mi cámara porque allí no había nada y, mientras la guardaba vi para mi asombro como Carlos se metía hasta la cintura en el río de agua terriblemente fría con su cámara de placas de 9×12 y el trípode. La plantó en el medio del cauce del río empapándose con la bruma que salía de la cascada e hizo varios disparos tras cambiar los cargadores de placas. Días después pude ver las placas reveladas y aún hoy sigo preguntándome, 20 años después, por qué yo no disparé. La imagen era milagrosa. Pocos tuvimos el placer de disfrutar de su genialidad en directo mientras él seguía acumulando imágenes año tras año. Y entonces casi por casualidad alguien desde fuera descubrió su obra.

En 1993 un japonés se encontró en una visita a Santiago de Compostela con un par de docenas de fotos ampliadas en una sala sobre una mesa de reuniones, en la que Carlos hacía una selección aprovechando el tiempo mientras esperaba por una reunión de trabajo. Aquel señor comenzó a dar vueltas alrededor de la mesa mirando todas y cada una de las fotos, preguntó por ellas, por su técnica, por la película empleada y se enteró de que eran placas de Fuji. Aquella persona que demostraba tanto interés por lo que veía era el Sr Maeda, a la sazón director de Fuji Europa. Esto ocurrió un viernes; el siguiente lunes Fuji contactó con Carlos y le ofreció la primera exposición individual de un autor en el Sonimag de aquel año en Barcelona. El merecido éxito de la misma catapultó al autor y su obra hasta el punto de que en su tierra, Galicia, se publicó en octubre de 1995 el libro “Galicia, instante eterno” que se convirtió en libro institucional de la comunidad y que en diciembre de ese mismo año recibió en Londres el premio a la mejor edición mundial. Galicia se merecía algo como eso y Carlos también.

Tras este primer libro se sucedieron en cadena las publicaciones que llevaban su firma y que se podrían calificar como referencias. Una larga lista que omitiré voluntariamente para no dejar el hilo de mi presentación.

Curiosamente en esta exposición que aquí se presenta no hay ni un solo paisaje. ¿Entonces de qué estamos hablando?

Encasillamos a los autores, creemos que Picasso sólo hizo cubismo, Kandinski nunca hizo otra cosa que abstracto, Carlos sólo hace paisajes… Falso, pero no deja de ser un cliché comúnmente aceptado de modo general.

Acreditado por sus paisajes, Carlos Rodríguez enseñaba como con un tímido “también hago esto” fotografías de edificios en ruinas o en construcción, siempre al límite de lo posible y tan personales como es de rigor en su caso. Esta faceta de su obra desarrollada en España, México, Francia, etc, nuevamente es más conocida fuera de su tierra que dentro y, al final, la propuesta hecha de su obra al museo se puede considerar una obra magistral para los autores rusos, con un inmenso patrimonio industrial en plena reconstrucción con abundantes señas aún de un pasado cercano que ha quedado obsoleto y no ha sido destruido, que permitirá décadas de fotografías asomándose por la ventana que les abre esta colección de imágenes de Carlos Rodríguez.

Estas potentes imágenes son de una enorme perfección clásica en lo que a su virtuosismo artesano se refiere. Me recuerdan el cuidado acabado de las imágenes de Sebastiao Salgado en “Génesis”. Pero lo que alimenta la emoción que producen es que los espacios sin gente no están vacíos completamente de humanidad, simplemente esperan la vuelta de los que se han ido, porque la calidez de lo humano no ha desaparecido de ellas, queda algo, como si fuera un perfume, que deja claro que este momento sólo es un lapsus y que pronto volverán los que se acaban de ir. Los que trabajan parecen no hacerlo, la estética de las imágenes hace que en ellas la belleza pueda más que el esfuerzo. Un obrero se asoma entre vigas, parece un modelo, parece una escena preparada; incluso los colores son exactos, los tonos perfectos y llenos de matices… demasiado bueno para aceptar que es una situación auténtica, pero es real y casi está viva la imagen. La estructura mojada por la lluvia, las protecciones movidas por el viento; hermoso ahora que está plasmado en una imagen, pero con el sentimiento de la inclemencia a flor de piel. La cálida quietud de la obra al final del día cuando los trabajadores se retiran, dejando la maquinaria tapada como si de monstruosos esqueletos se tratara, pero tapada con cuidado, cariñosamente, como buscando el bodegón que nadie admiraría si un ojo experto no encontrara entre tanto polvo y oscuridad una perla gris que nadie sabía que estaba allí. He aquí los objetos tratados como si estuvieran vivos y lo humano completamente integrado con la materia. Detrás de este hiperrealismo que oculta la realidad sólo quedan las imágenes del pensamiento, o la realidad simultánea. No hace falta ningún tipo de magia para mirar al futuro y decir que estas imágenes que vuelven a poner en escena a un autor con una nueva y potentísima obra para añadir a sus conocidos paisajes, van a colocarle en la historia en un lugar único y privilegiado que pocos en su tierra han alcanzado hasta el día de hoy. Pero la historia continúa, él sigue disparando.

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